Hay patios y plazas con una canasta que casi nadie usa hasta que alguien aparece con un balón. Al caer la tarde, cuando el calor afloja y la gente vuelve del trabajo, esa canasta puede convertirse en el punto de encuentro del barrio. No hace falta ser buen jugador. Con un balón, unas zapatillas y ganas de charlar, se monta una pachanga en cuestión de minutos.
Organizar la pachanga
Empieza corriendo la voz. Deja una nota en el portal o pregunta a los vecinos en la escalera si alguien quiere jugar. Elegid un día y una hora que le vayan bien a la mayoría, y procurad que no sea demasiado tarde, porque el patio está rodeado de ventanas y hay quien duerme pronto. Avisad a las familias con niños, porque muchos vecinos jóvenes se apuntan encantados y los mayores se quedan mirando.
Formad los equipos de manera equilibrada, mezclando edades y niveles. Si sois muchos, podéis cambiar los equipos cada cierto tiempo para que todos jueguen. Decidid entre todos qué reglas de la casa vais a seguir y qué se hace cuando alguien llega tarde. No hace falta seguir el reglamento de un partido oficial: lo que importa es que todos se diviertan y que nadie se sienta apartado.
Cuidad el ambiente. Un buen ambiente se logra con detalles pequeños: pasar el balón al que menos juega, animar los intentos y reírse de los fallos propios. Si alguien no quiere jugar, puede hacer de árbitro amistoso o apuntar los puntos. Y si alguien está cansado o quiere marcharse, que lo haga sin dar explicaciones. Tratad con cuidado el mobiliario del patio y recoged todo al terminar.
Después del partido, es buena idea sentarse un rato. Alguien puede traer una jarra de agua, fruta o galletas. Es entonces cuando se conocen los nombres y las historias del edificio. Fijad otra fecha para la semana siguiente. Con el tiempo, la canasta del patio se convierte en algo más que un juego: es un motivo para saludarse por la escalera y saber quién vive al lado.